Es mucho más fácil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual, todo el mundo opina. (Josep Pla)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Bancarios y la escopeta nacional

Si es que nadie tiene la culpa. El director de la oficina llama delante mío a la oficina de Lleida que debe efectuar el pago. Comunican. Lo vuelve a intentar. Ahora no contestan. Y él no puede decidir sin que desde Lleida alguien dé la orden. La cajera es como si viviera en otro mundo. Le encanta sermonear a los clientes septuagenarios sobre unos magníficos seguros del hogar que son una maravilla y que -presumo- a ella le deben dar alguna comisioncilla por venderlos, porque si lo hace por amor al trabajo, es para hervirla en aceite. Bueno, es que no entiendo nada.   El director me acompaña a la puerta -está desbordado de trabajo y aún así tiene la deferencia-, la cajera, sin dejar de sermonear al pobre abuelo de turno, me hace un gesto de adiós con la mano levantada.

Y así, me vuelvo a la oficina. Como salí. Con la promesa de que mañana será otro día y -según el director- lo volverá a intentar. Me asalta el pánico: ¿Y si el pájaro de Lleida se ha ido de vacaciones? ¿Y si mañana, 23 de diciembre, tampoco conseguimos que desde Lleida se dé la orden de pago? Son 50.000 euros de los que dependen las navidades de varias personas. Y la buena marcha de la empresa. Yo no tengo escopeta de caza. Ni quiero. Ni pistola ni cuchillos, navajas o cualquier utensilio capaz de matar a alguien. Pero hay momentos en que arreglaría las cosas con más de uno. Ay!. Mejor lo dejo. Si me pagan, ya me llamarán. Y si no, haremos lo que tengamos que hacer.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Ya llega la Navidad 2010

Entramos en la recta final de la Navidad del 2010. No son unas Fiestas como me gustaría, pero no puedo quejarme. Tengo a mi mujer y mis cuatro hijos conmigo y mis hermanos y mi padre estarán con nosotros en estos días tan entrañables. Junto al árbol lleno de bombillitas de colores que se encienden y se apagan, al lado del Nacimiento que año tras año me resisto a que desaparezca de nuestro salón, pasaremos unos días de tanquilidad y buen humor. Ya sé que las cosas están mal. Ya sé que la cosas pintan peor. Ni siquiera tenemos la esperanza de que esta terrible crisis sea pasajera. Sé que el 2011 será difícil, pero aún así espero estas fiestas con la misma ansiedad de siempre, con las mismas ganas de siempre, porque sé que serán días de ver a mis hijos felices, a mi mujer felicísima y a mi padre y hermanos contentos de estar juntos. Espero que la Estrella que guió a los Magos y a tanta gente hasta el Portal donde nacía la Esperanza para la Humanidad, sea capaz de guiarnos hacia un futuro donde reine la verdad y la justicia y donde la gente como nosotros pueda honradamente seguir su camino en la vida. Ojalá.

martes, 14 de diciembre de 2010

La tristeza de un pincho de tortilla

Por esas cosas de la vida recalo en el pueblo de Ponts hacia las 7 de la tarde de hoy. Apenas he comido este mediodía y paro en el centro del pueblo a hacer un pequeño piscolabis. Entro en un bar que hay en el mismo centro. Es grande, limpio, bien arreglado, moderno. Hay 10 parroquianos repartidos por el local y 2 camareras detrás de la barra. Una es rusa. O de por aquellos lares. La otra es magrebí, pero muy occidentalizada (tejanos ajustados, camisa negra corporativa y sin pañuelo). La tele está a mucho volumen y hay un tipo jugando a la máquina tragaperras que no para de sacar premios - o eso me lo parece a mi, por el escándalo que hace la maquinita. Con voz muy baja que yo apenas oigo, la rusa me pregunta por lo que quiero. Pido un pincho de tortilla y una cola con hielo. Me siento en un taburete alto, miro fíjamente la barra y me dispongo a ojear al personal. Si algo tienen todos en común es ese rictus facial que transmite tristeza. Hay un hombre mayor que de tan encorvado a su café que se encuentra, apenas se aprecia que está girando la cucharilla en un vaso pequeño. Lo hace intermitentemente. Yo creo que no se lo acabará bebiendo. La rusa -o de por allí- me trae la tortilla y la cola con hielo. No me mira a los ojos. Ya no sé si es por la transparencia de la que habla Racionero con respecto a los cincuentones o es porque esta mujer es así. Debe tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Pelo rubio, lacio, media melena. Piel muy blanca. Ojos pequeños, castaños. No es guapa, aunque tiene buen tipo. Yo sí le miro a los ojos. Apenas me deja el pincho de tortilla me asalta un hombre con un montón de papeletas con números de la ONCE. Tiene unos ojos grandes y brillantes, rebosantes de vida -¿no debiera ser ciego?. No mide más de metro cuarenta centímetros y supongo yo que esa debe ser su minusvalía: es pequeñín. Prefiro no pensar que a Messi, sino es por el Barça, estaría ahora vendiendo décimos de lotería en Argentina, con su metro cuarenta a cuestas. Lo que es la vida. Lo dicho. Prefiero no pensar. Miro al pobre pincho de tortilla y pienso en la tristeza que inunda este local. Le compro un número al señor pequeño, pago la cuenta a la rusa y me voy. Ya está bien de tristeza por hoy.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Día de vino y Rosas

Pues sí. Esta mañana temprano nos hemos ido,  mi mujer y los dos pequeños,  a Rosas. Santi jugaba a basquet contra el equipo local -¡menuda paliza nos han metido!- y hemos aprovechado para pasar un día en el Alt Empordà. El sol ha inundado todo de luz y razonable calor. Rosas estaba preciosa, con los adornos navideños destacando en un fondo absolutamente veraniego. La playa impecable, con bastante gente paseando y, en general, el ambiente era muy agradable. Al mediodía, hemos decidido ira comer a Vilajuïga, a 10 minutos de Roses. Hemos paseado por el recientemente inaugurado Centro de Acogida Turística, un local donde se centralizan todos los folletos, catálogos, papeles y demás publicaciones de reparto gratuito y que tienen en común que hablan de la zona: sus vinos, aceites, Dalí, lugares especiales, etc...La idea no está mal, aunque creo que es excesiva en una población poco visitada, como Vilajuïga. Quizás en Roses tuviera más sentido. Aparte de los catálogos y demás, el local posee un bar -50% de la superficie del local- que es donde más gente acabará recalando. Un bar, por cierto, que hace la competencia a los de toda la vida.

Bueno. Acabamos comiendo en el restaurante "Sant Pere de Rodas". Aprobado justito. Muy amables, muy serviciales, pero la comida justita, justita. Podrían dar clases de restauración en el Centro Turítico de marras. En fin, no vale la pena comentar nada más. Acabada la comida, nos vamos a Rabós, pasando antes por el monasterio de Sant Quirze de Colera, una maravilla arquitectónica del siglo XII que poca gente conoce y menos aún visita. Aún así, el lugar es idílico e irrepetible. Te puedes transportar a la Alta Edad Media en un santiamén, porque mirando a tu alrededor sólo ves vegetación, montañas y edificaciones medievales. Un lugar dónde cada piedra te puede explicar - si la miras fijamente y prestas atención- una historia diferente.

Vamós a Rabós. Es un pueblo dónde debes entrar caminando -quiero decir, sin el coche-,  pues sus calles son estrechas e imprevisibles, con curvas en bajada que mejor no intentar cogerlas con el coche. Es un pueblo pequeño, lleno de edificios muy bien conservados -otros no tanto- y que tiene el sabor de las cosas muy añejas. El silencio que lo rodea, quiza sería su principal caracterítica. Un silencio soportable, tranquilo, recogido. Te invita a ponerte delante del fuego y a leer. Bueno, al menos a mí. Es un lugar que puede curar la depresión más recalcitrante o las ganas de soledad y tranquilidad más exigente. Saludamos a unos amigos, recogemos un buen cargamento de aceite -¡qué aceite!- y volvemos por la carretera de Roses, hacia la N-II, no sin parar antes a comprar un vino excelente de D.O. Empordà. Siempre he dicho que el vino de l'Empordà era el mejr del mundo. Y si no, que se lo pregunten a Robert Parker, (¿qué tal el Clos d'Agón de este año, Robert?)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Algunas notas de un puente singular

En vista de la situación de caos en la que nos hemos sumido estos últimos meses -lo de los controladores es como una guinda que colorea el pastelón- hemos decidido pasar estos cinco días en casa. Como más noticiable les contaría que la nueva perrita de mis hijos -Nina, una pincher miniatura de apenas dos meses- es la protagonista absoluta. Sus correrías, sus juegos, sus piruetas y hasta su ronroneo cuando se enrosca sobre sí misma y duerme, son de lo más visto estos días en mi casa. Hubiera preferido un frío glacial, para estar calentito y arropado en casa. Pero no. Ha hecho un tiempo primaveral. Hoy 21ºC. Se estaba mejor fuera que dentro de la casa, al menos hasta la hora de comer. La tarde ya es otra cosa. Aquí, en la Costa Brava, las tardes de otoño son muy suaves, como de algodón. Las puestas de Sol suelen estar teñidas de color rojo -vaya usted a saber porqué- y las nubes se van oscureciendo paulatinamente al ritmo tranquilo de la brisa del sur que nos inunda estos días. Y ¡zas!, ya es de noche. Y empiezan a tililar las luces de los árboles navideños de los vecinos, y a lo lejos, vemos el centro de Calonge iluminado, con poco movimiento, con poca gente por la calle, con algún coche que viene o va.
Han sido cinco días tranquilos. He comenzado a leer "La Guerra de Churchill" y de momento me está gustando. Nada que ver con la biografía de Roy Jenkins que tuve que abandonar a las primeras páginas al ver que la había traducido un chimpancé. Max Hastings es discípulo de Jenkins, pero el traductor es otro. El libro es interesante y está bien escrito. No es David Irving, claro, pero basa toda la obra en documentos y papeles ya conocidos, aunque algunos, poco divulgados.

Además de leer -escribo porque he leído- he cocinado. He cocinado tranquilamente, elaborando platos tradicionales del otoño, como un extraordinario estofado de cordero que nos hemos comido hoy y que estaba de impresión. Son días para disfrutar de la vida. Leer y cocinar. Y disfrutar de la compañía amable de la familia....
"Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra"...Pues sí, porque mañana ya es laborable y me espera un día de mil demonios.

martes, 7 de diciembre de 2010

A Bodas me convidas...

Con un temor parecido al que sentimos cuando abrimos un certificado de la Agencia Tributaria, abrimos ayer, mi querida esposa y yo, una carta sin remitente pero que intuíamos de quién era. De hecho, era de quién pensábamos. Era un sobre blanco, apaisado, con ribetes recortados, de papel grueso, de una calidez enternecedora...Era -ya lo habrán imaginado- una invitación a la boda de la hija de unos amigos. El nosécuantos de marzo. No les gusta improvisar a estos amigos. Cuatro meses antes. Para que tengas tiempo de ordenar tus finanzas y prepares lo que significa que a bodas te conviden: traje nuevo, con camisa y corbata, zapatos a juego, vestido de entretiempo con zapatos y bolso, peluquería y regalo a los contrayentes. ¿He dicho regalo? En la parte baja de la bonita targeta dónde nos invitan al enlace, hay una retahila de números que por un primer momento pensé que eran los dígitos correspondientes a mi número de convite. Como seguro ya han intuido, son los números de la cuenta corriente dónde los futuros esposos esperan que los invitados dejemos una pasta gansa, porque los regalos ya se los comprarán ellos a su gusto, gracias. Total: entre una cosa y otra, empezamos el año con un gasto de 2.000 eurillos -por lo bajini-. Ya no les explico lo que puede significar una comida de dos o tres horas sentado al lado del pelmazo de aquel conocido que hace años que no vemos, o de la señora de tal que hoy viene sola no se sabe muy bien porqué, pero que nos toca aguantar durante la velada...Lean a Larra y  su banquete con el castellano viejo y sabrán de qué hablo.

Pues acabamos bien el año. Y no les cuento lo mejor. La pareja de tortolitos, esos que se casan, ya hace dos años que viven juntos, en pareja. Pero claro, los beneficios de un casamiento oficial, merecen no perderse. Ella se casará de blanco, con un traje largo. Oficiará la ceremonia algún curilla del pueblo, que aceptará seguir el montage con tal de sacar unos euros -aquí pilla todo el mundo- para seguir tirando. Los padres de ella pagarán la mitad del convite junto a la otra mitad de los padres del otro cónyuge y con la pasta de la cuenta corriente se pegan un viaje que ni el guitarrista ese de los Rollings cuando esnifó las cenizas de su padre.

El significado de la ceremonia del casamiento, su sentido iniciático, su enorme carga emotiva, todo queda relegado y resumido en el número de cuenta corriente del borde inferior de la targeta. ¡Feliz viaje, tortolitos!

lunes, 6 de diciembre de 2010

Cómo decíamos ayer...

Hace apenas un año que dejé de escribir. Seguramente, la concentración en el trabajo en momentos tan delicados, hacían imposible perder unos minutos al día en algo tan simple como escribir alguna cosa. Pero es que no podía. Y no es que ahora las cosas estén mejor, pero siento cierta irreprimible tendencia a escribir lo que pienso. Es la diabólica manía de escribir, supongo.

Los temas son tan variados que ahora mismo dan vueltas por mi cabeza unos cuantos que dejaré para los próximos días. Me conformo con iniciar hoy este nuevo viaje y desear que sea tan largo y fructífero como el anterior.