Es mucho más fácil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual, todo el mundo opina. (Josep Pla)
martes, 14 de diciembre de 2010
La tristeza de un pincho de tortilla
Por esas cosas de la vida recalo en el pueblo de Ponts hacia las 7 de la tarde de hoy. Apenas he comido este mediodía y paro en el centro del pueblo a hacer un pequeño piscolabis. Entro en un bar que hay en el mismo centro. Es grande, limpio, bien arreglado, moderno. Hay 10 parroquianos repartidos por el local y 2 camareras detrás de la barra. Una es rusa. O de por aquellos lares. La otra es magrebí, pero muy occidentalizada (tejanos ajustados, camisa negra corporativa y sin pañuelo). La tele está a mucho volumen y hay un tipo jugando a la máquina tragaperras que no para de sacar premios - o eso me lo parece a mi, por el escándalo que hace la maquinita. Con voz muy baja que yo apenas oigo, la rusa me pregunta por lo que quiero. Pido un pincho de tortilla y una cola con hielo. Me siento en un taburete alto, miro fíjamente la barra y me dispongo a ojear al personal. Si algo tienen todos en común es ese rictus facial que transmite tristeza. Hay un hombre mayor que de tan encorvado a su café que se encuentra, apenas se aprecia que está girando la cucharilla en un vaso pequeño. Lo hace intermitentemente. Yo creo que no se lo acabará bebiendo. La rusa -o de por allí- me trae la tortilla y la cola con hielo. No me mira a los ojos. Ya no sé si es por la transparencia de la que habla Racionero con respecto a los cincuentones o es porque esta mujer es así. Debe tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Pelo rubio, lacio, media melena. Piel muy blanca. Ojos pequeños, castaños. No es guapa, aunque tiene buen tipo. Yo sí le miro a los ojos. Apenas me deja el pincho de tortilla me asalta un hombre con un montón de papeletas con números de la ONCE. Tiene unos ojos grandes y brillantes, rebosantes de vida -¿no debiera ser ciego?. No mide más de metro cuarenta centímetros y supongo yo que esa debe ser su minusvalía: es pequeñín. Prefiro no pensar que a Messi, sino es por el Barça, estaría ahora vendiendo décimos de lotería en Argentina, con su metro cuarenta a cuestas. Lo que es la vida. Lo dicho. Prefiero no pensar. Miro al pobre pincho de tortilla y pienso en la tristeza que inunda este local. Le compro un número al señor pequeño, pago la cuenta a la rusa y me voy. Ya está bien de tristeza por hoy.
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